Este verano he acudido por primera vez a un jaleo, nombre que le dan los menorquines a una tradición en la que los protagonistas son los caballos y su fortaleza. Ha sido en Alaior, un pueblo en pleno centro de la isla balear, que celebraba sus fiestas estos días. Los animales entran de uno en uno  guiados por sus jinetes en la pequeña plaza del pueblo. Allí les esperan los lugareños y visitantes apelotonados, algunos en los laterales para observar con la seguridad que ofrece la distancia y los más experimentados y/u osados en medio de la plaza para retar a los caballos a ponerse a dos patas el mayor tiempo posible mientras los jinetes luchan por no caerse ni perder el control.


La verdad es que hay tanta gente que resulta un poco agobiante, pero una vez que uno consigue abstraerse y centrarse en los caballos, el espectáculo es bonito y bastante impresionante. Mi única pega: ¿Los caballos realmente disfrutan también? Dicen los menorquines que están entrenados y que no lo pasan mal. Yo vi a alguno nervioso, pero no sufriendo. Y supongo que para ellos también puede ser como un juego. Al menos ese día ellos son el centro de atención y además, antes de llegar el momento del jaleo, pasean por toda la localidad luciendo sus mejores galas durante la colcada.